Sabemos de sobra que el aire es irrespirable y el ruido ensordecedor. Maldecimos cada mañana y cada tarde nuestra existencia de citadinos atascados diariamente en las perversas carreteras. Comemos lo que podemos, a la hora que podemos, y sin atrevernos demasiado a mirar las etiquetas de los alimentos, no vaya a ser que alguna vez caigamos en la tentación de enumerar la cantidad de conservantes y otros productos químicos que ingerimos cada día. Eso sí, sumando y restando calorías somos los mejores. Jamás perderíamos de vista esa parte de la etiqueta gracias a un poderoso dominio de la visión periférica que nos posibilita centrar nuestra atención sólo en aquello que “nos conviene”. Vivimos inmersos en una carrera de obstáculos constante y pertinaz. Corremos en el metro, abarrotamos los andenes de los trenes, injuriamos al conductor del autobús que no nos vio o no quiso esperar a que concluyéramos la carrerilla de turno; soportamos las multitudes con un espíritu realmente masoquista. Nuestro día no se divide en horas sino en la cantidad de actividades que pretendemos llevar a término, la mayoría de las veces sin demasiada suerte.

Pasamos gran parte de nuestras vidas entre muros de hormigón y luz artificial. Somos adictos a la tecnología, las compras, las reuniones sociales, los cotilleos, la marcha y la adrenalina. Protestamos por todo, soltamos tacos elegantemente, casi nada nos escandaliza. Nuestro estilo suele ser cortante y seco (el tiempo -centro verdadero de nuestras vidas de urbanitas- nos preocupa demasiado como para dilapidarlo alegremente siendo amables). Vanidosos, maníacos, megalómanos, depresivos…Nos volvemos seres narcisistas y adoramos la moda, en cualquiera de sus variantes: moda pija a secas, gafa-pasta, bohemios, alternativos, hippie, góticos, “al descuido”…Incluso, la pretendida indiferencia de algunos urba-listos hacia el mundo de los trapitos y complementos, revela una de las más encantadoras características del ser de ciudad: su voluntad de destacar dentro de la masa compacta que le rodea cueste lo que cueste.

Con suerte, cerca de nuestras casas un bonito parque nos brindará la oportunidad -si somos de esos afortunados que se ven afectados por los beneficios hormonales del deporte-, de hacer ejercicio al aire libre. Si pensamos que el deporte está hecho para los deportistas, y no nos incluimos para nada dentro de esta categoría, la presencia cercana de pulmones verdes nos animará a salir cual marmotas de nuestras madrigueras ante la mínima insinuación de un pálido rayo solar. No obstante, el asfalto nos atrae demasiado. Aunque salgamos propulsados cada fin de semana o período vacacional en busca de la soledad y el estímulo de la montaña, o de visita a ese pueblo cercano tan mono donde la gente parece no tener ninguna prisa, o nos animemos en grupo a alquilar una casa rural, o nos desplacemos a la costa buscando la brisa marina y un clima más favorable, absolutamente siempre regresamos rumiando que, bueno, sí, ha estado bien, pero…Siempre he pensado que los verdaderos urbanitas no nos encontramos cómodos en la Naturaleza. Oh sí!, podemos apreciar la belleza y tranquilidad de un idílico paisaje. Somos totalmente capaces de andar horas y horas por la montaña o el bosque. Reconocemos los beneficios del aire puro y la soledad que nos permite estar con nosotros mismos. Pero, seamos francos, ¿quién quiere estar con nosotros mismos si podemos estar con los demás? Por más insoportable que sea el resto del mundo, nada hay más insufrible que el auténtico urbanita que llevamos dentro.

Y, ¿qué sucede tras ese magnífico día de paseos naturales y renovación de nuestros dañados pulmones? Lo que suele pasar, en la mayoría de los casos, es que llega la noche, y otro día, y otro. Y es entonces cuando el urbanita estalla, ¿de plenitud acaso? No, de aburrimiento. Tanta paz y armonía espiritual comienzan a enervar nuestros más primarios instintos. Las noches se perfilan interminables entre tanto “murmullo” de grillo y cielo estrellado. Añoramos la luz artificial y estridente, las noches animadas de bar en bar y de tertulia en tertulia, los restaurantes que excitan nuestros paladares con ofertas venidas de cualquier sitio del mundo, la ópera, el teatro, el cine, las exposiciones de arte, las ferias y festivales de cualquier cosa (eso a estas alturas ya da un poco igual) que se celebran por montones en cualquier ciudad del mundo. Nos mordemos las uñas cuando, agotados todos los recursos que conocemos, no sabemos qué hacer con nuestro tiempo en las apacibles tardes campestres. Si para colmo de males no hay cobertura en ese paradisíaco rincón del mundo a donde hemos ido a parar, la hecatombe está garantizada. Florecen entonces todo tipo de urba-tensiones y urba-padecimientos propios de nuestra urbis-psiquis desquiciada. Lo más habitual suele ser la exasperante sensación de que estamos “perdiendo el tiempo”.

Por supuesto, no existe uno de nosotros que sea exactamente igual al resto. La masa puede parecer homogénea pero oculta la exquisita variedad de disímiles tribus y reductos urbanos, donde cada quien puede encontrar su espacio y vivir la esencia de la ciudad desde su propia neurosis urbana. Lo más interesante, quizá, sea el hecho de que podamos reconocer nuestro estado, vivir con los inconvenientes e incluso estar orgullosos de ello. Las experiencias narradas en este blog, por tanto, reflejan solamente la visión particular de una ferviente apasionada de la ciudad como concepto y espacio vital. Sin embargo, sabemos que muchos de vosotros, agazapados y expectantes, esperan el momento de compartir vuestras propias experiencias. En este reducto virtual encontraréis el eco comprensivo de quien no deja pasar un día sin salir a la calle para tomar el pulso de la vida en la ciudad, de quien espera, con la curiosidad propia del buen urbanita, contrastar sus experiencias con las de sus congéneres.

 

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