Tras las peripecias narradas en el capítulo anterior esta humilde viajera logró alcanzar finalmente la puerta de salida del aeropuerto J.F. Kennedy. Haciendo gala de una de sus características estivales más recurrentes New York nos recibía con esa humedad intensa y sofocante propia de las islas. “La maldita circunstancia del sudor por todas partes” se hizo aún más evidente en esa especie de sauna para pobres que es el metro de la ciudad. Acérrima defensora del transporte público (ya sea por principios o por presupuesto), me enorgullezco de haber visitado innumerables metros en casi todas las grandes capitales europeas. De ahí mi espanto ante una de las infraestructuras más ruinosas y sucias con las que me he topado en años. El metro de New York es una especie de amasijo de hierros oxidados, boquetes en las paredes y cables a la vista. Desconoce la escalera mecánica, la fregona y el detergente. Siendo justos, sin embargo, funciona con la precisión de un reloj suizo y tiene el detalle de permanecer abierto las 24 horas del día, cosa que por supuesto facilita mucho la vida a los noctámbulos empedernidos. Andaba yo extraviada en semejantes reflexiones durante el trayecto del aeropuerto al hotel cuando alguna clase de hipotermia leve comenzó a templar mi juicio. La bendita obsesión de los americanos por el aire acondicionado es proverbial. Hibernar parece la consigna del verano, así que te someten a las bajas temperaturas de los espacios cerrados para, al minuto siguiente, enfrentarte a la canícula y su humedad correspondiente.

Las consecuencias de tales contrastes térmicos sumadas al cansancio tras las largas horas de avión y la tensión acumulada hacían mella en el ánimo. El primer día en una ciudad no suele dejar huella en mi impresión sobre la misma. Soy demasiado consciente del dominio de mi cuerpo sobre los efímeros entusiasmos del espíritu. Jamás me formo una opinión sobre algo si concurren alguna de estas tres circunstancias: hambre, extenuación o períodos de poca exposición a la nicotina. Así que me dispuse a hacer acopio de magnanimidad y brindar a New York el beneficio de la duda. Poco duró, no obstante, el momento de vacilación. Bastaron unos 45 minutos y la salida triunfal al exterior en el mismo corazón de Manhattan, Times Square, esa intersección entre las calles Broadway y la Séptima Avenida que convive cual símbolo ecuménico en el imaginario colectivo de la humanidad. Con el tiempo llegaría a detestar uno de los espacios más artificiales y concurridos que he visitado en mi vida, pero en aquel momento iniciático el poder de la seducción, calculado milímetro a milímetro, aplacaba el mínimo atisbo de resistencia. Surgir de las entrañas de la tierra y emerger como por arte de magia en semejante escenario futurista perturba al más sereno. Unas pocas manzanas forradas como por ensalmo de gigantescas pantallas parlantes es el mayor reclamo de un espacio que reúne diariamente a miles de personas. También están los teatros, por supuesto, y los restaurantes mediocres para turistas, y las grandes cadenas de tiendas. Lo que otrora se distinguiera por ser una de las zonas más oscuras de New York -la droga, la prostitución, los cines libidinosos y todo tipo de delincuencia campaban por allí a sus anchas- en la actualidad se ha convertido en una especie de sucursal de Las Vegas que sustituye la vida en los casinos por el brillo de la publicidad.

Que Times Square es impactante no puede negarse. Que hay que huir de ella como de la peste, tampoco. Pronto descubres que en realidad Times Square es una trampa de la ciudad. Los neoyorkinos, celosos y precavidos, aislan a los turistas en ese “oasis” artificial. Mientras las multitudes desaforadas abarrotan los espectáculos de Broadway, los neoyorkinos acuden a discretas salas de teatro donde se experimenta con el arte dramático más rabiosamente contemporáneo. Tras el musical de turno el turista no debe abandonar la zona, así que oportunamente se le proporciona todo lo necesario para hartarse de comida basura y emborracharse con muy poco glamour y dudosos resultados. Entretanto, los neoyorkinos acuden a su cita casi diaria con sus estupendos restaurantes y sus encantadores bares. Controlada la masa foránea el neoyorkino vive su ciudad mientras la recorre acompañado del ya mítico vaso de plástico gigante con cualquier clase de líquido colorido en su interior. Esa, precisamente, es una de las claves para mimetizarse en New York. Jamás parecerás neoyorkino si no interiorizas tres reglas básicas: el maxi-café o té es imprescindible para transitar por la ciudad, los andares apresurados y nerviosos son una marca de la casa y nunca, lo que se dice nunca, se debe respetar la luz verde de un semáforo. En New York este artefacto para regular el tráfico es un objeto meramente decorativo, y el quedarse clavado en la acera mientras esperas la indicación correspondiente es una señal indiscutible de tus orígenes extranjeros.

Aprendida la lección me dispuse, en mi primera mañana en la ciudad, a huir de esa zona de Manhattan donde los azares de la vida y la limitación de mi presupuesto me habían condenado a vivir. Pronto descubriría que no muy lejos de Times Square está la cima del mundo. En New York aprendes rápidamente que la mayoría de los edificios de la ciudad, en alguna época en concreto, fueron los más altos del universo. La obsesión neoyorkina por alcanzar el firmamento ha dado origen a uno de los perfiles urbanos (o skyline) más reconocidos mundialmente. Y aunque tuve la oportunidad de diseccionar en todas sus partes y desde diversas perspectivas el skyline neoyorkino, la visita a las cumbres de la ciudad se antoja ineludible. El lector tiene donde elegir. Desde los clásicos como el Top of the Rock del Rockefeller Center y el Empire State hasta la multitud de terrazas y bares habilitados en los pisos superiores de varios hoteles de la zona. Una vez que se ha puesto el pie en tierra el barrio atesora la que en mi opinión es su joya arquitectónica indiscutible: el edificio Chrysler. Porque aunque estemos hartos de escuchar alabanzas sobre su aguja de acero y las famosas gárgolas, o coleccionemos miles de imágenes de su perfil en nuestra memoria visual, el Chrysler esconde un secreto que suele pasar desapercibido: la singular decoración de su interior, mezcla de elementos góticos y art decó.

Muy cerca de allí uno de mis espacios neoyorkinos predilectos, el Bryant Park. Manhattan presume de toneladas de hormigón en forma de rascacielos. También adora el asfalto y el plástico en todas sus variantes. Es una ciudad que se siente cómoda entre alcantarillas humeantes y montones de basura nocturna, el fragor de las obras veraniegas y el ruido ensordecedor de los camiones de bomberos. Pareciese que en Manhattan a cada minuto se está quemando algo, y el viajero aprensivo puede caer en la tentación de imaginar múltiples escenarios, cada cual más catastrófico. En los parques y jardines, que brotan inexplicablemente en esquinas inesperadas, ese viajero medroso tendrá la sensación, sin embargo, de haber alcanzado la meca de la seguridad y el esparcimiento. Visitar New York en verano tiene múltiples inconvenientes pero también un beneficio que por sí mismo resta importancia a cualquier incomodidad: la intensidad de la vida en los espacios verdes de la urbe. Piensa en la actividad más extravagante que puedas imaginar. Ahora, búscala en la extensa programación de los parques neoyorkinos. Con toda seguridad la encontrarás. Además del cine de verano, todo un clásico de estos espacios, la ciudad malcría a sus habitantes con clases gratuitas de yoga o danza, conciertos al aire libre y entrada tan libre como el aire, festivales de teatro de una calidad extraordinaria y una infinidad de actividades deportivas que hacen sonrojar al viajero ante la evidencia de su “discreta” forma física. El béisbol o hasta la petanca tienen su sitio asegurado en los oasis verdes. Tener que ir a New York para enterarte- de boca de un simpático señor de origen asiático que ofrecía clases gratuitas en Bryant Park- que la petanca no es un deporte español sino francés; y agradecerle al mismo tiempo sus amables palabras sobre España (que no creo que conociera mucho) y su interés por mi turística persona.

Porque además de disfrutar como una enana del picnic improvisado en Central Park, de los artistas callejeros y de uno de los mejores conciertos de jazz que he oído nunca, o simplemente de la tranquilidad y la sombra tan anhelada, si hay algo de New York que me sorprendió especialmente fueron sus habitantes. Existe una especie de ley no escrita sobre los residentes de las grandes ciudades. Se supone que somos hoscos y apáticos, secos y cortantes, y que la amabilidad o la cortesía son artículos de lujo que no nos podemos permitir. Semejante afirmación me ha parecido siempre una suerte de generalización venial producto de la extrema sensibilidad de los habitantes del “campo”. Aun así, reconozco que no esperaba mucho de los neoyorkinos y ni siquiera me importaba. La realidad es que nunca pasaron cinco minutos sin que alguien se ofreciera a ayudarnos en la calle por el simple hecho de estar consultando un plano. Que ante las preguntas disparatadas, propias de los turistas, los neoyorkinos respondían amigablemente con una media sonrisa que podía significar, ¡oh sí, pobre de ti, no eres de la ciudad más fascinante del mundo!, pero que al fin y al cabo era una buena respuesta. Que ante mi absurda manía de llevar bolsos enormes donde el mechero se evapora como por arte de magia, durante mi primer día en Manhattan me vi obligada a pedir fuego en mi imperfecto inglés para encontrarme a los cinco segundos conque el señor me regalaba su mechero y me daba la bienvenida a la ciudad. O ese otro señor, habitante de las calles, vagabundo errante entre la miseria de una ciudad que también deja mucha penuria, que se acercó un día a pedirme un cigarro y ofreció a cambio su última lata de cerveza para que celebráramos, como cualquier neoyorkino, el Labor Day.

Manhattan ofrece muchos atractivos turísticos, aunque no visité ni la mitad de ellos. También es la isla de los estímulos, los buenos y los malos, los deslumbrantes y los descabellados. Sobretodo, es la ciudad de los contrastes. La opulencia y el lujo conviven sin complejos con la pobreza digna y la realidad de los sin techo. Eso sí, juntos pero no revueltos. Porque el fenómeno de las ciudades compartimentadas tiene en Manhattan su materialización más evidente. El lugar de cada individuo está perfectamente claro sobre el plano de la Gran Manzana. Rodeando el Central Park la milla de los Museos y los barrios de una clase alta neoyorkina que no deja de recordarle, al resto de la humanidad, las dimensiones de su poder. Al norte, los barrios de los afroamericanos y los latinos hierven de efervescencia y auténtico ritmo, pero también padecen las dificultades propias de una falta de integración evidente. Al sur de Times Square un cúmulo de pequeños barrios imprimen a la ciudad su carácter peculiar. Algunos como Chinatown o Little Italy destacan por su perfil étnico. Otros conservan el influjo de su pasado industrial pero matizado por ese clásico proceso de gentrificación que ha convertido a barrios como el Soho o Tribeca en espacios de moda y exhibición. De cualquier forma el mayor encanto de la isla parece ser ese, su capacidad de sorprenderte a cada paso con mundos diversos encajados con mayor o menor naturalidad en el entramado urbano.

Dejo para el próximo capítulo, querido lector, el relato sobre el New York que vibra con la música y el arte, el que conjuga de forma orgánica la tradición y la contemporaneidad. No quiero olvidar, igualmente, las señas de identidad de dos espacios que por sí mismos conforman ciudades dentro de la ciudad: Brooklyn y Queens. Anécdotas aparte los neoyorkinos seguirán siendo, sin duda, parte fundamental de esta historia. Porque el mayor error que puede cometer el turista es vivir la ciudad como un escenario exclusivamente ambientado y habitado por él mismo. Las trampas, ya lo hemos visto, aguardan al visitante poco inspirado.