En las tardes de otoño, en Massachusetts, antes de la guerra, siempre veías a algún tipo camino de casa, para cenar, con los puños profundamente enterrados en los bolsillos de la cazadora, silbando y caminando, entregado a sus propios pensamientos, sin tan siquiera mirar a las demás personas que iban por la acera…Eso ya no se ve en América, y no sólo porque todo el mundo conduce un coche y va con la cabeza estúpidamente erguida guiando esa máquina idiota entre los peligros y tribulaciones del tráfico, sino porque hoy en día nadie camina despreocupadamente con la cabeza baja y silbando; todo el mundo mira a las demás persona que van por la acera con culpabilidad o, lo que es aún peor, con una curiosidad y un interés fingidos y, en ciertos casos, con aire de “estar al loro”, de “no querer perderse nada”, como si dijéramos, mientras que en los años treinta incluso había películas de Wallace Beery en las que daba media vuelta en la cama al ver que el día era lluvioso y decía: “¡Qué coño, voy a dormirme otra vez, de todos modos, no me perderé nada!” Y nunca se perdía nada. Hoy oímos hablar de “contribuciones creativas a la sociedad” y nadie se atreve a pasarse durmiendo un día lluvioso ni a pensar que realmente no se va a perder nada.

                                                                                          Jack Kerouac (La vanidad de los Duluoz)

 

Buena parte de nuestra vida urbanita la solemos pasar ejerciendo nuestro derecho fundamental a hacer planes. Si bien es cierto que en primera instancia nuestros padres ejercen este derecho en nuestro nombre -viéndonos envueltos así en esa planificación del “otro” que deriva en múltiples actividades extracurriculares, macro eventos familiares, estancias en el pueblo, eternos partidos de fútbol o inaguantables clases de piano-, la adolescencia impone, como primer factor discordante en ese “apacible” bregar que es la niñez, el imperativo de los planes propios como forma de afianzar una personalidad que comienza a perfilarse. En algún preciso momento de nuestras vidas nuestro tiempo comienza a ser nuestro, o al menos intentamos reclamarlo como tal. Se planifican entonces tímidas excursiones con el grupo de amigos; se pelea cada minuto, cada segundo de las salidas nocturnas con unos padres embargados por el miedo a “lo que pueda pasar” y el terror, más inconfesable aún, de perder el control sobre nuestras vidas, o lo que es lo mismo, sobre nuestros planes. Nos metemos así, sin apenas darnos cuenta, en una vorágine de planificación exacerbada de la que ya, cuesta decirlo, apenas podemos escapar. La lucha por la independencia personal desemboca, contradictoriamente, en un proceso de anulación de la espontaneidad.

La universidad, el primer empleo, la vida en “concubinato”, el matrimonio, los hijos, los cada vez más abultados recibos…, no necesariamente en este orden. En fin, los imponderables, como suele decir ese anciano señor que cada tarde de sol se sienta en un banco de la plaza y, con la mirada perdida en no sé qué lejanos recuerdos, me ve pasar frenética y tarde, como siempre. Mientras la no muy apacible tarde primaveral discurre descubro que, a pesar de nuestro impulso adolescente de rebeldía, nos hemos rendido, sin apenas presentar batalla, desde siempre, desde que la humanidad tiene memoria. Toda nuestra vida es un mapa estrellado de planes, planes relucientes, planes apagados y frustrados, planes por hacer, planes planeados, planes abandonados, planes renovados, planes, planes, planes, control, control, control. ¿Qué pasa entonces cuando irrumpe la VIDA, la verdadera, la que está fuera de nosotros, la que nos invade por los cuatro costados y se empeña, maléfica y disidente, en desmontar nuestro preciosísimo mapa de estrellas fugaces?

Tres margaritas después sigo sin encontrar la RESPUESTA. Ni el viejo Kerouac, tan adorable y adorado, entendía muy bien de qué iba todo esto. Su único plan era el camino, y escribir. Y ya de paso, de forma totalmente complementaria, bebía alcohol y fumaba porros hasta perder la noción del tiempo. Probablemente en el camino Kerouac encontrara, además del material necesario para su escritura, el remedio para esa especie de intranquilidad que los urbanitas solemos denominar ansiedad. En el fondo no importa el nombre que queramos dar a ese sentimiento, ni siquiera estoy segura que ataque a todos por igual o si podríamos aportar algún tipo de descripción fidedigna y científica del hecho. Esa indefinición es con toda seguridad la característica más exasperante de dicho sentimiento. Cuando acabado el día y cumplida la agenda llegamos a la cama y no acude el sueño, cuando confiados y felices pensamos que ha sido un buen día pero apenas podemos reprimir unas extrañas ganas de llorar junto al deseo inconfesable de mandarlo todo a la mismísima mierda, los síntomas de la intranquilidad se hacen visibles en forma de terroríficas interrogantes. Lo peor viene después, durante ese microsegundo fugaz pero definitivo en el cual llegas a la conclusión de que no te lo puedes permitir porque mañana hay más planes y cosas pendientes, porque si reconoces que tu vida es una porquería y no tienes apenas margen estás absolutamente perdido. Entonces te tomas la pastillita de turno (algo parecido al porro pero con efectos menos evidentes y desde luego bastante menos saludables), revisas la agenda para asegurarte de que no se te ha pasado nada, y sigues reprimiendo…

Aquí sigue lloviendo. La lluvia, probablemente, ha sido el detonante de tanta incongruencia. Así como adoraba las lluvias torrenciales de los veranos habaneros -con su descarga de agua infinita cual Diluvio Universal sobre la asfixiada ciudad, y la vuelta a la vida posterior, poco tiempo después, con un panorama reverdecido y fresco-, odio los días de lluvia en Madrid. Esta lluvia blanda, sin consistencia, apagada y pobre, pero pertinaz y constante en su intención de acabar con cualquier amago de impulso vital en la ciudad, lacera mis más profunda esencia caribeña, una esencia que se forja en la calle, que huye de los espacios totalmente cerrados y busca desesperadamente cualquier atisbo de brisa fresca bajo la sombra de un soportal. Una vida -incluso la doméstica-, que discurre bajo la atenta mirada de todo el mundo. Puertas y ventanas abiertas de par en par, la gente que pasa y mira, hacia adentro, hacia la escena cotidiana de la abuela en el sillón abanicándose sin tregua, el niño que entra y sale, la señora de la casa ante unos fogones que se VEN, y huelen, de maravilla. O quizá la familia en pleno, sentada ante el televisor, viendo la telenovela de turno que se convierte en tema de debate, profundo y reflexivo, de las mañanas habaneras en la panadería, el kiosko de periódicos, las escuelas, los parques de la ciudad entera. En ocasiones, estos debates no admiten dilaciones y transcurren frente al propio televisor -o quizá deberíamos decir que tienen lugar con el televisor como espectador activo-, en el mismo instante en que la historia del amor frustrado hasta el capítulo final y las disímiles intrigas frustrantes se suceden.

Recuerdo que hace unos años, mientras luchábamos por rellenar las largas horas de total ausencia de corriente eléctrica, mis amigos y yo caminábamos hasta el barrio más cercano -poseedor por unas horas del preciado bien hasta que se alumbraran las ventanas de nuestro barrio, quedando el otro sumido en la oscuridad-, y recorríamos las calles en silencio, alertas ante los sonidos que salían de las casas expuestas al escrutinio ajeno. Nos enterábamos así no sólo de los extraordinarios acontecimientos relativos a la desvalida pero bella chica pobre que por azares del destino (¡Madre Mía!) terminaba convirtiéndose en la orgullosa propietaria de un marido guapísimo y multimillonario, sino también de la curiosa e instantánea reacción de la familia cubana ante las proporciones de la Historia. El coro de voces que se entremezclaban con aquellas provenientes de la realidad televisada bien podría ser objeto de estudio de los más avezados sociólogos. En primer lugar sobresale (por volumen de voz y voluntad impositora), el Discutidor, ese familiar belicoso que interpela constantemente a los personajes y pone en cuestión cada milímetro de la trama. Clasificando en este grupo encontramos a mi abuela, mujer entrañable donde las haya que literalmente -y estoy más que segura de que no es consciente de ello-, habla con el televisor. El segundo puesto de esta interesante lista lo ocupa aquel que he dado en llamar el ALELAO, ese que no se entera, que está viendo lo mismo que tú, en el mismo momento que tú, pero por algún extraño mal funcionamiento neuronal es incapaz de comprender el más insignificante de los argumentos. La voz del Alelao es, cómo no, fundamentalmente interrogativa. Entre las exclamaciones del Discutidor y las constantes preguntas del Alelao se eleva, invariablemente, la voz del Implacable, ese curioso pariente que arremete contra Todo y contra Todos, que no deja títere con cabeza, que alza su voz en puntuales ocasiones pero de forma tan intensa que logra acallar, al menos por unos minutos, el coro de las voces. El Implacable no tiene paz con nadie, lo mismo ordena silencio al Discutidor que agrede al Alelao de mil maneras posibles.

Mientras mis amigos centraban su atención, cual sociólogos en ciernes, en el coro de voces y sus disímiles matices, mi mirada huía, sin remedio, al corazón mismo de la intimidad familiar. A riesgo de crear alarma ante la insistencia de mi mirada, solía detenerme unos minutos frente a las ventanas ajenas y fisgonear. Cualquier detalle, por más insignificante que pudiera parecer, captaba mi atención inmediatamente: la sonrisa triste de la mujer totalmente extenuada tras la doble jornada laboral; el abuelo con el bebé en brazos, más pendiente de los gestos del nieto que de la bella protagonista; la panza protuberante del hombre despatarrado en el sillón o los juegos secretos de los primos en una esquina del salón. A diferencia de Guillermo Cabrera, que en La Habana para un infante difunto persigue desde su balcón aquellos retazos de desnudez femenina al alcance de sus binoculares y su posición privilegiada, mi mirada poseía una intención bastante menos lasciva. Los fragmentos robados de la realidad doméstica de los otros, o la observación pertinaz de ciertos tipos humanos en el autobús, no sólo satisfacían con creces la tendencia cultural de un país donde todo el mundo se mira a todas horas y sin el más mínimo asomo de perturbación.

Y llegó Madrid, y el metro, y parecía que mirar a las personas constituía algún tipo de delito contra la moral pública. Entonces me escondí tras un libro, como casi todo el mundo. He visto más libros en el metro madrileño que en cualquier biblioteca municipal. Y luego dejé de mirar, y me compré una agenda. Allí estaba toda mi Vida reducida a eventos marcados en un calendario. Yo apenas tenía que seguir la programación cotidiana, y siempre había algo que hacer. Hasta la menstruación y el sexo tenían espacios reservados (pero espacios privilegiados, todo hay que decirlo). De alguna forma era consciente de estar aplicando a la vida de una persona (en este caso, Yo), una especie de filosofía empresarial, marcada por conceptos como racionalización, productividad, gestión del tiempo y los recursos. En los viajes, sin embargo, podía retomar mis viejas costumbres sin miedo al juicio público. La primera vez que me fui de Interrail comprendí rápidamente que, a pesar de tener una agenda, el calendario no gobernaba mi vida. Fue como una especie de revelación y me reconcilió con la intranquilidad, al menos momentáneamente. De repente comprendí que si pasaba de los Museos Vaticanos porque odio las colas siempre tendría otro aliciente (si es que eso es necesario) para volver a Roma. Que si prefería Venecia en esas horas nocturnas cuando los turistas se retiran extenuados a sus carísimos hoteles era porque la esencia de una ciudad no está en una orquestada ruta turística, sino en la alegría tranquila de los venecianos bebiendo prosecco, libres de intrusos, despatarrados sobre el suelo añejo de sus históricas plazas. Que si no visitaba cuanto museo hubiera en cada una de las ciudades en las que decidía detenerme era porque la Vida no está en los museos, sino en las calles sinuosas y las plazas abarrotadas. Que si me entretenía demasiado tiempo en las calles de Montmartre siguiendo los pasos de un grupo de geniales artistas alcohólicos esto no iba en detrimento de Saint Denis o Versalles (que aún no conozco), porque la gente que te interesa y su historia es mucho más trascedente que un conjunto de edificios o unas bonitas fotos turísticas. En fin, que si deambulaba sin rumbo fijo y con los ojos muy abiertos, la intranquilidad se apaciguaba.

Desde entonces vagar sin rumbo fijo constituye mi píldora particular contra los intranquilos males. Puede que la agenda gobierne aún sobre gran parte de mis horas. Puede que jamás consiga zafarme de su influencia. En el fondo, y en la superficie, hace mucho tiempo que sé que nadie es completamente libre. Si tuviera el valor, o la inconsciencia según quien lo mire, para dar rienda suelta a esa parte de mi alma vagabunda y bohemia, otras formas de esclavitud vendrían a sustituir a las padecidas por la mayoría de la humanidad. Quizá más exóticas, no hay duda. Quizá más destructivas, no lo sé, la verdad es que la mayoría de los grandes nombres que admiro han muerto jóvenes. Por ahora, me basta con salir de casa cada sábado a la velocidad de la luz en cuanto abro un ojo. Me conformo con no tener un objetivo, con no entender los mapas y planos ni quererlos entender, con decidir en el último minuto que esa calle me está esperando y perderme tras los pasos de gente extraordinaria a través de sus cotidianos descubrimientos. Explorar, sorprenderme cuando creía que eso era ya una misión imposible. Darme de bruces contra un muro y reír hasta las lágrimas por mi inexistente sentido de la orientación, para al minuto siguiente encontrar el bar soñado por todos y visitado por muy pocos. Eso sí, me he comprado unas gafas de sol, y pienso miraros, parapetada tras ese genial invento, a todos vosotros.