Nos aproximamos, sin prisas pero sin pausas, al último fin de semana de junio. Se instala el verano en Madrid y en breve también el bochorno y la espantada hacia pueblos y costas. Si bien el verano no es mi estación preferida en esta ciudad -aunque reconozco sus ventajas me siguen faltando la brisa marina y la música del mar-, pretendo afrontar estos meses con renovado espíritu masoquista. Y qué mejor que sacarle el máximo partido al fin de semana que se avecina para dar buena cuenta de estos propósitos veraniegos. Eventos no faltan, de todos los tipos y para todos los gustos. Basta con ojear algunas de las innumerables guías del ocio o blogs dedicados a este fin para comprobarlo. En ocasiones, la oferta resulta tan extensa que se hace difícil la elección. Sucede a menudo que tras toda una semana de planificación metódica llega el sábado y el cansancio acumulado, la pereza existencial o las tareas doméstica nos aíslan en casa. Sin embargo, y aunque no me haya sido diagnosticado oficialmente, me declaro alérgica al hogar durante el “lapsus tempore” del fin de semana. Lo reconozco: me subo por las paredes y me entra una mala baba que sólo un paseo por la ciudad es capaz de transformar en la actitud “normal de una chica civilizada”, sea lo que sea eso. Callejear sin rumbo fijo; filosofar ante una obra de arte o la barra de un bar (ambas opciones no son excluyentes); constatar que el césped del Retiro no es exactamente el manto de arena blanca de las playas del Caribe, pero para tomar el sol mientras termino la última novela de Abilio Estévez no está nada mal; o terminar la noche con buena música y un Gin Tonic. Así que me decidí a elaborar este breve compendio de propuestas que espero sirvan de inspiración y consiga sacarnos de casa.

Comenzar la mañana acercándose al edificio de la CASA ENCENDIDA (Ronda de Valencia 2. Horario: de lunes a domingo de 10.00 a 22.00 horas) se perfila como una opción excelente para este fin de semana. Si no habéis desayunado el espacio gastronómico que han denominado como La Cafetería hace gala de unas cualidades inimaginables tras la literalidad del nombre. No se trata de la típica cafetería de museo, con su oferta estándar y los precios por las nubes. En un espacio diáfano y moderno, que transmite una sensación de desenfado, la estancia se hace cómoda y propicia para un encuentro mañanero con el grupo de amigos. Por otro lado, el servicio gratuito de Wifi resulta atrayente si nos encontramos en esa fase de “llaneros solitarios” que tan frecuentemente nos asalta en los últimos tiempos. Lo más importante, no obstante, es la comida, como no podía ser de otra forma. Producción artesana y materia prima de excelente calidad con dos valores añadidos: los productos provienen de la agricultura ecológica o del Comercio Justo. Suponemos que la Tienda Solidaria, ubicada justo al lado de La Cafetería, tiene mucho que ver en esto. Una carta suficientemente amplia, con ensaladas y cremas en un lugar destacado, también lo convierten en un sitio idóneo para la comida o si preferimos picar algo entre horas, o entre exposición y exposición.

Hablando de exposiciones: cinco son las muestras que acoge la Casa Encendida por estos días. El acceso a todas es absolutamente gratuito, así que tenéis plan para todo el día. Pero si contáis con poco tiempo no os podéis perder “En Casa. Enrique Radigales y Adrián Villar Rojas” y “Gráfica Peatonal”. La primera de ellas apuesta por resaltar “lo común” iberoamericano mediante el diálogo entre dos artistas, uno español y otro argentino, que forman equipo de trabajo para discursar y crear desde posiciones autónomas. La segunda, por su parte, trae a la palestra una vieja reivindicación de quienes, como yo, disfrutan del paseo y las largas caminatas por la ciudad. La figura del peatón, tan empequeñecida entre la marabunta de coches, emerge como la protagonista de una exposición organizada por la asociación de viandantes A PIE.

Cartel de la exposición recientemente inaugurada en la Casa Encendida

Cartel de la exposición recientemente inaugurada en la Casa Encendida

Un breve paseo después, y subiendo por la calle Embajadores, topamos con uno de los espacios más singulares del barrio capitalino. Me refiero a la Antigua Fábrica de Tabacos de Madrid que en la actualidad acoge a dos entidades culturales de muy distinto signo. Por un lado, el CENTRO SOCIAL AUTOGESTIONADO LA TABACALERA DE LAVAPIÉS (Embajadores 53), con su organización asamblearia y su variadísima y dinámica programación. Pared con pared, y de creación bastante más reciente, encontramos TABACALERA. ESPACIO PROMOCIÓN DEL ARTE (Embajadores 51), gestionado por la Subdirección General de Promoción de las Bellas Artes del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. No es este el momento de analizar las evidentes diferencias entre ambas instituciones en cuanto a su concepción, funcionamiento y programación. Ambos tienen cosas que ofrecer y vosotros, inteligentes lectores, sabréis valorarlo perfectamente. Si estáis el domingo por Lavapiés el espacio autogestionado celebra su Fiesta del Sol durante todo el día. Su vecino, por su parte, exhibe una muestra en el marco de Photo España bajo el título de “(Re) Presentaciones. Fotografía Latinoamericana Contemporánea”.

Tabacalera

A estas alturas pensaréis que no sólo de Arte vive el hombre, y que va siendo hora de buscar ese sitio del tan necesario alto en el camino. Por suerte, el lugar perfecto lo tenemos a un tiro de piedra, a sólo unos metros siguiendo por la calle Embajadores. El MERCADO DE SAN FERNANDO (Embajadores 41) nos ha facilitado la vida con la sabia decisión de abrir también los sábados (de 9:00 a 17:00 horas) y los domingos (de 11:00 a 17:00). En torno a un espacio central abierto -que funciona como una especie de comedor con actividades musicales y teatrales incluidas-, se articulan una serie de puestos que van más allá de la típica oferta de frutas, verduras y carnes propia de un mercado de abastos. Resulta imprescindible recorrer el mercado pues la variedad de comida y bebida se adapta perfectamente a los gustos más exquisitos. Sin embargo, me atrevo a sugerir tres sitios dentro del mercado a los que siempre acudo cual tablas de salvamento.

Tomar el aperitivo en Lo Mejor de mi Tierra puede llegar a convertirse en una tradición. Este local, regentado por una extremeña, ofrece productos gourmet procedentes de Extremadura y Galicia. Confieso que delante de una tapa de torta del Casar y una copa de un tinto de nombre sumamente poético (Habla del Silencio), los minutos pueden convertirse en horas. Para la comida, sin embargo, me decanto por Exarcia, un local de comida griega preparada y lista para degustar sentado tranquilamente en alguna de las mesas del espacio central. Los precios tan asequibles y la calidad de los platos típicos helenos preparados por un griego de pura cepa convierten a este puesto en una opción ideal. Los amantes de la cerveza (y no me refiero precisamente a la Mahou) tienen en La Buena Pinta su paraíso particular. Con más de cien variedades de cerveza artesanal, muchas de producción nacional (las madrileñas Cibeles y Virgen o la toledana Domus), este local no sólo funciona como tienda sino también como espacio de degustación en el cual el cliente puede probar casi cualquiera de las cervezas que comercializan.

Tras la necesaria sobremesa es el momento perfecto para dar un paseo por el barrio. La mayoría de los que vivimos en Madrid conocemos Lavapiés en mayor o menor grado. Enmarcado entre la calle de la Magdalena al norte, la Ronda de Valencia al sur y las calles Atocha y Embajadores al este y al oeste respectivamente, muchas son las razones que nos han animado, en diversas etapas de nuestras vidas, a acercarnos a este castizo barrio capitalino. La variedad de asociaciones vecinales y de todo tipo, el carácter multicultural que tiñe de colores y sabores distintos cada esquina del barrio, la mezcla única entre tradición y renovación y, por qué no, una oferta gastronómica y nocturna más ajustada a la mayoría de los presupuestos. Si luego de tu recorrido sigues por el barrio a la hora de la cena, estas son algunas de mis propuestas. Explora las terrazas de la calle Argumosa y sigue hacia la Plaza de Lavapiés. Muy cerca de este enclave del barrio encontraréis el restaurante libanés Habibi (Calle del Ave María, 41), uno de mis árabes preferidos por su excelente calidad-precio. Típica comida libanesa por menos de 10 euros y danza del vientre incluida los sábados y domingos a partir de las 20:30. En la esquina de las calles Cabestreros y Mesón de Paredes encontraréis otro de los imprescindibles del barrio, el Baobab, especializado en comida senegalesa. Este tipo de comida ya os sonará menos, pero tenéis que probar los exquisitos y abundante platos que combinan las carnes y pescados con el arroz o las verduras, y que en ningún caso sobrepasan los 8 euros. Un plato es más que suficiente y la terraza es otro de los alicientes, aunque mejor llegar temprano porque suele estar bastante llena en verano.

Vinícola Mentridana en el número 9 de la calle San Eugenio.

Vinícola Mentridana en el número 9 de la calle San Eugenio.

En las fronteras del barrio otro de mis locales favoritos tiene un carácter más castizo. En Vinícola Mentridana (Calle de San Eugenio, 9) resulta fácil perder la noción del tiempo. Ambiente acogedor y sencillo, tapas frías y calientes para todos los gustos (ensaladas, humus, empanadas chilenas, quiche de espinacas y queso, un exquisito salmorejo, entre otros) y una variedad de vinos que hace los honores al nombre del establecimiento. No obstante, es un local pequeño y los fines de semana cuesta muchísimo hacerse un hueco entre los habituales. Por último, la incógnita del momento: el Gau & Café ubicado en la cuarta planta de las antiguas Escuelas Pías (Calle Tribulete 14). Se trata de un espacio que comparten el restaurante especializado en comida mediterránea y un bar de copas. Y aunque al parecer no es precisamente barato, desde Madrid Diferente lo describen de la siguiente forma: “con vistas a la cúpula de la antigua Iglesia de las Escuelas, la Corrala y los tejados de Lavapiés, y unos precios algo más asequibles que otras ‘exclusivas’ terrazas de la capital”. En fin, que habrá que arriesgarse. ¡Nos vemos en Lavapiés!


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