Esta historia comienza donde una buena parte de los relatos de viaje actuales suele hacerlo: en un aeropuerto. Puede que mis ídolos viajeros del pasado -Conrad, Melville, Alexandra David-Néel, Bouvier, Leigh Fermor, Durrel, Hemingway o Kerouac arruguen un poco esas naricillas inquietas desde sus “demasiado quietos para su gusto” retiros inmortales. Puede que se espanten ante la vulgaridad del sitio. Con toda probabilidad deslizarían un dedo acusador hacia mi persona y mi nada aventurero método de viaje. Por desgracia, tanto para mí como para el género, esta viajera contemporánea contaba con escasos días disponibles y un presupuesto ajustado. Y lo siguiente no por vulgar deja de ser cierto: la dura realidad somete al espíritu aventurero salvo en contadas excepciones de almas rebeldes. Pero en un intento de redimirme ante los ojos (o lo que sea que quede en su lugar) de mis admirados viajeros-escritores, he decidido comenzar este relato no en un aeropuerto sino en dos, lo que espero que añada algo de originalidad a estas letras.

El motivo por el que incluyo al aeropuerto de Barajas en una historia sobre New York tiene, además del fundamento literario expuesto con anterioridad, una razón de ser que bien podría considerarse parte de la ficción si no fuera por su palpable realidad. Se trata del destino del viaje: los Estados Unidos de América. Este gran país, contenedor de una de las ciudades más estimulantes del orbe, amado y vilipendiado en iguales dosis por el resto del mundo, parece encontrarse bastante cómodo en España. Tanto es así que además de poseer el espantoso búnker construido como embajada en uno de los mejores barrios de Madrid y la base naval de Rota, o sugerir directamente leyes a los políticos locales como la tan afamada Ley Sinde, una sección de la Terminal 1 del aeropuerto madrileño parece igualmente pertenecerles.

Previsora y anhelante me encontraba yo acudiendo con bastante tiempo de antelación hacia la puerta de embarque, tras el engorroso trámite de la facturación y pasar el control de seguridad correspondiente cuando, para mi total y absoluta sorpresa, descubro una zona acordonada justo ante mi puerta de embarque y a una señorita, muy sonriente, exigiendo (una vez más), mostrar los pasaportes. Basándome en mi larga experiencia en vuelos trasatlánticos este segundo control alternativo, casi a las puertas del avión, resultaba una absoluta novedad. Pero la mañana era preciosa y New York esperaba, así que decidí no pensar mucho en ello y enseñar mi reluciente -tan borgoña y español como el de cualquier otro ciudadano de este país- pasaporte hispano. Algo de nerviosismo, la sonrisa espasmódica y un ligero carraspeo hicieron saltar todas las alarmas. “Señorita por favor, retírese hacia ese lado que quieren revisar su pasaporte, y no me han dicho la razón…” -fue la frase más o menos textual que pronunció la azafata tras una breve consulta con su walkie talkie.

¿Quién quiere revisar mi pasaporte? ¿Por qué sólo el mío entre todos los pasaportes españoles que esperaban impacientes por embarcar en el vuelo? ¿Quién es ese hombre obeso que me hace señas para que le acompañe? ¿Habré olvidado añadir algún dato al formulario electrónico obligatorio para los ciudadanos que no necesitamos visado? ¡Imposible, si me dieron el permiso! ¿Qué coño está pasando aquí? Estas y otras interrogantes podrían haber cruzado por mi mente en aquel instante supremo. No obstante, no lo hicieron. Yo conocía perfectamente la respuesta, esa que hay que buscar en la primera página de mi pasaporte, donde junto a otros datos poco interesantes figura uno que me convierte en el personaje protagónico de este momento único: mi lugar de nacimiento, La Habana, Cuba. Yo conocía la respuesta, la joven azafata conocía la respuesta y el señor obeso también, aunque ni una palabra salió de la boca de ninguno de los tres. Porque aunque tengan su propia zona de seguridad en un aeropuerto extranjero y personal norteamericano interrogando a ciudadanos de dicho país que ni siquiera han puesto un pie en el avión, aquí todos somos igual de españoles hayamos nacido donde hayamos nacido, ¿no es cierto?, con lo que quedaría muy feo, pero muy feo, permitir que se discrimine e interrogue, en territorio español, a uno de sus ciudadanos por motivo de su lugar de nacimiento. Así que nos callamos todos y no hubo ninguna razón aparente. Nadie sintió la necesidad de justificar el control alternativo y por lo visto “aleatorio”. ¡Y yo tenía tantas ganas de ir a New York…!

Tras seguir al funcionario norteamericano y sentarme junto a él en los asientos que me indicaba, la imagen de la ciudad, objeto de mi deseo, refrenó cualquier impulso inoportuno. New York llenaba mi mente sin dejar espacio a la reflexión acalorada, así que respondí dócil a la encuesta del funcionario: ¿qué por qué iba a Estados Unidos? ¿dónde me iba a alojar? ¿qué si tenía billete de vuelta? ¿a qué me dedicaba? ¿a qué se dedicaba mi marido?…Un gesto displicente y unas pocas palabras en ese acento de ninguna parte de muchos latinos en Norteamérica me abrieron las puertas del paraiso unos minutos más tarde. Ya en el avión la consciencia de que había vivido uno de los momentos más humillantes de mi vida pugnaba con una contradictoria sensación de agradecimiento. Ambos sentimientos quedarían pronto relegados al profundo agujero negro de mi cerebro donde desecho todo aquello que me aparta de mi objetivo, y mi natural sentido del humor impuso nuevamente su ritmo habitual. Tras pulverizar la imagen de pobre emigrante desesperada por alcanzar las costas de la abundancia y el bienestar norteamericanos, comúnmente asociada a los ciudadanos de mi país de nacimiento y seguro motivo de tanto control desproporcionado, prefiero pensar que vieron en mí a una especie de Mata Hari caribeña, sensual e inteligente, agente doble de los gobiernos cubano y español, con la peligrosa misión de recabar toda la información sobre puntos sensibles para la seguridad norteamericana como los grandes museos de arte y los grandes almacenes de saldo. Y por si alguien -ellos saben a quien me refiero-, no ha entendido la ironía, la contrainteligencia no es mi fuerte.

Las incomodidades de la clase turista las reservo para otra ocasión. Ocho horas después allí estaba, desembarcando en las entrañas del segundo protagonista de este relato: el aeropuerto Internacional J.F. Kennedy. Largos pasillos y colas interminables. Al final del túnel, en vez de la luz, una cámara de fotos y la máquina para tomar las huellas de los diez dedos de las manos. El primero de estos procedimientos -inmortalizar la imagen de los viajeros mediante una cámara de fotos- era ampliamente conocido por mí dado el uso habitual que hacen del mismo en los aeropuertos cubanos. Resultan como mínimo curiosas las profusas similitudes entre las medidas de seguridad norteamericanas y las cubanas, aunque esto bien puede ser el tema central de otro relato, este sí bastante relacionado con las “inteligencias”, las contrainteligencias y las recontrainteligencias. Pero intentando ceñirme al tema propuesto en esta ocasión mejor será que pase a narrar los dos últimos episodios de lo que, a riesgo de convertirse en la introducción de alguna clase de novela negra, sigue queriendo perfilarse como un relato de viaje.

El primero de estos episodios, que he denominado como “el rastro de los deditos culpables”, responde a una norma implantada en los aeropuertos norteamericanos desde el año 2007 y que yo, dentro de mi supina inocencia, desconocía totalmente. A diferencia del episodio de Barajas la maquinita en cuestión, totalmente indolora, no hace distinciones entre personas por su lugar de nacimiento, nacionalidad o cualquier otro cuestionable motivo. Todos, absolutamente todos los extranjeros que aguardábamos en las largas filas para acceder a la Gran Manzana tendríamos, al final de la espera, nuestra ración de deditos culpables. Si por azares de la vida no naciste en los Estados Unidos de América entonces, querido lector, coincidirás conmigo en que la mayoría de las personas asociamos el acto de tomar las huellas dactilares a dos únicos contextos donde dicha acción puede tener algún sentido (por no decir visos de legalidad). Me refiero al registro de las huellas ante las autoridades de tu propio país como parte del proceso para tramitar un documento de identidad o, en el lado contrario, el registro de las huellas por parte de cualquier autoridad ante la que tienes que responder tras cometer un delito o acto criminal.

Partiendo de esta premisa y del hecho fácilmente constatable de que no he nacido en Norteamérica, comprenderéis que aquella “no del todo olvidada” imagen de emigrante desvalida y nacida en un país comunista se tornara en la viva imagen de la Culpabilidad por todos aquellos “no delitos” cometidos. Es fácil sentirse como un criminal cuando te tratan como tal. Coincido con muchos amigos en que cada país tiene todo el derecho del mundo a tomar cuantas medidas de seguridad considere necesarias. Admito, igualmente, que el simple acto de no visitar los Estados Unidos te libra de verte implicada en esta u otras situaciones mucho más humillantes. Sin embargo no puedo dejar de consignar las tan variopintas y nada positivas reacciones que estos sorprendentes procedimientos tienen en un visitante extranjero, y eso que aún no he contado el fascinante episodio final de este capítulo, el cual he titulado “la cueva de los proscritos”.

Como si todo lo anterior no hubiera sido suficiente para poner a salvo al valiente pueblo norteamericano de mi modesta persona, una carpeta roja y un habitáculo independiente sellarían con broche de oro el inicio de esta historia. Cuando pensaba que New York estaba a mi alcance y que mi ficha particular se había visto satisfactoriamente completada con la impresión de mis diez deditos victimarios, alguien decidió que el borgoña de mi pasaporte no hacía juego con las carpetas verdes que otorgaban, regiamente, el acceso a la libertad. Pasé a engrosar entonces las filas de “los carpetas rojas”, esos que siguen al funcionario de turno hasta “la cueva de los proscritos” para someterse, una vez más, a nuevos controles. No sé si el color de la carpeta culpable tenga algo que ver en esta historia. La simbología de semejante color en un pasado al parecer no tan lejano es significativa.

En aquel momento, sin embargo, no tuve mucho tiempo para reflexionar sobre ello. Otros colores pasaron a llamar mi atención. En honor a la verdad fue la ausencia de un color lo que me puso sobre aviso en aquella habitación a la que me habían relegado. Si bien es cierto que en la mayoría de los círculos se considera que mi color de piel es blanco -con excepción de los Estados Unidos, donde tienen un raro color, el latino o hispano, para definir mi piel-, yo era lo más parecido a un caucásico dentro de la “cueva de los proscritos”. El resto, africanos, árabes y asiáticos. No estuve en la cueva más de cinco minutos. Mis compañeros de reclusión, sin embargo, quedaron allí bajo oscuros controles de los que nada se sabe. Por segunda vez en la tarde la asociación entre el desarrollo de los acontecimientos y los colores vino a mi mente. Quizá todo sea un producto de mi suspicaz forma de ver la vida…quizá…

¿La buena noticia? Que hasta aquí el relato de penurias y penalidades. El resto de la aventura, que continuaré narrando en próximos capítulos, transcurrió entre la excitación de lo nuevo y la fascinación por un lugar realmente absorbente. Sólo espero, querido lector, que lo anterior no te disuada de retomar la lectura ni de visitar una ciudad sobre la que la escritora belga Amélie Noyhomb ha dicho: “Cuando la existencia se presenta tan desmesuradamente exultante, esto se llama Nueva York”. Al final, todo el ejercicio de contención valió la pena.