Existe una calle en Madrid que resume el espíritu de la ciudad. No es una gran calle longitudinalmente hablando. Ni siquiera es una calle pequeña. Estamos hablando de apenas 96 metros de empedrado encajado entre Ballesta y la Corredera baja de San Pablo, una única manzana a resguardo del emblemático edificio de Telefónica, a tan sólo unos pocos pasos de la Gran Vía madrileña. Paradójicamente, la calleja en cuestión ostenta un nombre un tanto extenso: calle de Loreto Prado y Enrique Chicote. Dicho título rinde homenaje a una pareja de actores que durante la primera mitad del siglo XX animaron el ambiente teatral madrileño con la representación de casi dos mil comedias. Una foto publicada en el periódico ABC en 1936 muestra el apoyo de los habitantes de la ciudad a la pareja de cómicos.

Imagen periódico ABC 1936

 

La historia de una ciudad nunca resulta sencilla de contar y mucho menos de forma breve. Cual ente con vida propia la ciudad fluye y se transforma, crece o decae, vive o muere. Sus habitantes constituimos seres transitorios y efímeros. La ciudad nos trasciende y habita el tiempo con sus propias normas. A lo sumo, algunos de nosotros figuraremos como nombres susceptibles al olvido sobre unas calles que recuerdan nuestra obsesión por nombrarlo todo. El mero acto de dar un nombre a algo no implica más que una somera descripción proclive a adquirir múltiples sentidos o a despojarse totalmente de ellos, una voluntad definida dentro de unas determinadas coordenadas de tiempo y espacio.

No creo que muchos madrileños recuerden en la actualidad a nuestra pareja de actores. Me atrevo a asegurar que el nombre de Augusto D’Halmar tampoco será muy popular entre la mayoría de los habitantes de esta urbe, aunque la ciudad se empeñe en homenajear al escritor chileno con una placa sobre el número 8 de nuestra arteria protagonista. Deambular por cualquier ciudad es adentrarse en el sendero de muchos nombres, viejos y nuevos nombres que asaltan al viandante bajo la forma de calles, estatuas, placas conmemorativas…

Pero si el significado de los nombres se olvida puede que la ciudad tenga sus propios y tortuosos caminos para explorar la memoria. Nada ha quedado de los antiguos almacenes y talleres que plagaban el lugar. Sólo la tienda de pinturas actual parece rememorar el espíritu primigenio de la pequeña calle. Tampoco queda evidencia alguna de las academias para la instrucción de señoritas. Los mal pensados podrían caer en la tentación de establecer oscuras conexiones entre el otrora sistema educativo y la nada educativa presencia actual de prostitutas con una edad cercana a la jubilación. Quizá sólo sea la mera casualidad, que no causalidad, aunque el abandono de los centros urbanos por parte de una burguesía que prefirió tempranamente refugiarse en zonas menos insalubres, y la posterior decadencia de los barrios más céntricos es un proceso ampliamente estudiado por muchos profesionales del urbanismo histórico.

Probablemente la evidencia más rotunda de esa manera extraña que tiene la ciudad para hacernos recordar, aún en contra de nuestra voluntad, es la ubicación en esta calle de dos de los espacios culturales más innovadores de Madrid. Separados apenas por unos metros Microteatro por Dinero y el teatro-bar Se abre el telón reviven y actualizan la pasión de Loreto y Chicote por las artes dramáticas. El nombre de la calle, por tanto, parece precedido de una especie de premonición que el futuro confirmaría. El primero de estos espacios plantea un formato teatral basado en micropiezas de apenas 15 minutos, representadas en pequeñas habitaciones con un público reducido. Cuenta además con otros servicios como el bar o la sala de exposiciones. La expresión que mejor define la sensación del espectador ante este formato es la de”una experiencia muy cercana”. Por otra parte, la música, el teatro y el cabaret encuentran en Se abre el telón un refugio propicio. El violinista Ara Malikian, la actriz Marisol Rozo y el Chef John Restrepo han unido sus fuerzas en el número 3 de la calle para gestar un espacio multifuncional donde la creatividad es el denominador común.

Hay sitios que poseen alguna clase de imán para la concentración del talento. Este es el caso de Loreto y Chicote. Si todo lo anterior no fuera suficiente acaba de desembarcar en la calle el equipo de Blu Room. A tono con la cultura de colaboración tan en boga en los últimos tiempos, y mostrando toda la pujanza de un equipo multidisciplinar con ansias de creación, el nuevo espacio propone una plataforma para los jóvenes creadores, quienes pueden contar con las instalaciones, medios de producción y asesoramiento para llevar a cabo sus proyectos. Igualmente el espacio se perfila como lugar de exhibición a través de los Blu Days, enfocados al networking, o los Blu Places, exposiciones temporales realizadas en cooperación con establecimientos hosteleros de Madrid y Barcelona.

 

Blu Room Loreto y Chicote

 

 

Como no podía ser de otra forma la calle que nos ocupa es también un ejemplo palpable del proceso de gentrificación urbana que se ha ido gestando en diversos barrios madrileños como Chueca o Malasaña. Específicamente la calle Loreto y Chicote se ubica en lo que se ha dado en llamar en los últimos tiempos como el “Triángulo de Ballesta” (Triball). A diferencia de Chueca, donde el proceso de gentrificación se sucedió de forma espontánea y progresiva el triángulo que nos ocupa, artificialmente separado del resto del barrio al que pertenece, se ha visto transformado por lo que diversas voces contrarias al proceso califican como “gentrificación programada” o la connivencia del Ayuntamiento de Madrid con un consorcio de empresas promotoras de viviendas cuyo objetivo final, oculto bajo el paraguas de la revitalización del barrio, es la especulación inmobiliaria. El proceso es descrito de esta forma por Anti-Triball, una de las organizaciones más activas en la oposición al mismo:

“La estrategia de partida es la creación de un barrio marca Triball, con un perfil de negocio que tiene como referente el Soho londinense. En la práctica, este supuesto plan de recuperación urbana está provocando la expulsión del comercio tradicional y la sustitución por un comercio de élite. Aunque el fin último de esta operación conduce al monopolio del mercado inmobiliario de la zona y a la obtención de plusvalías de la revalorización de los inmuebles. Este proceso es un ejemplo de lo que hemos denominado “gentrificación planificada”, que son procesos a medio plazo que se realizan en tramas urbanas consolidadas, siendo muy comunes en cualquier ciudad media-grande del estado español”.

Este nuevo tipo de comercio tiene en Loreto y Chicote una amplísima representación. Hay para todos los gustos. Desde una encantadora y ultra-urbana tienda de corsés y tocados -cuando creíamos que nos habíamos librado de los primeros llega la moda y su infinito revival-, pasando por Gük y su inconfundible estilo nórdico o Pepa Loves y el retro girl como seña de identidad hipster, e incorporando extraordinarias novedades como el reciente espacio de diseño de uñas conformado bajo el nombre de Ghetto Nailz. Confieso que como no-habitante del barrio he visitado algunos de estos comercios en las raras ocasiones en que mi bolsillo cotiza al alza. Mi afición por lo particular y el buen diseño me convierten en una ferviente admiradora de casi todo aquello que se aparta de la homogeneidad de las grandes marcas posicionadas en las grandes avenidas como la Gran Vía. No obstante comprendo perfectamente las reticencias de unos vecinos que ven amenazados sus comercios tradicionales, esos que les procuran todo lo necesario sin grandes alardes de diseño y a unos precios más acordes a la escasa holgura de los bolsillos actuales.

La diversidad de cuestiones que conviven en tan pocos metros cuadrados es sin duda alguna un reflejo de los rasgos más representativos de la ciudad de Madrid. Sus problemáticas transformaciones urbanísticas y el eco de las mismas en la sociedad, el empuje cultural a pesar de los pesares y de las no-políticas, el enfrentamiento entre las inquietudes vecinales y los intereses empresariales y especulativos, la dialéctica de la polarización que hace del conflicto la fuente de todos los cambios. Como en todo lo que sucede en esta ciudad la polémica está servida. Mientras tanto, una pequeña calle respira en apariencia tranquila a la sombra de algunos gigantes.


Fuentes:

“La calle de Loreto Prado y Enrique Chicote. Café El Cafetal”, en el blog Antiguos cafés de Madrid y otras cosas de la Villa.

“Haciendo Malasaña”, en el blog Anti-Triball.