De regreso a Madrid tras pasar el fin de año en La Habana son muchas las imágenes que se acumulan de una ciudad que no suele dejar indiferente. Con una historia convulsa que ha ido configurando tanto su aspecto como su esencia urbana, La Habana ha estado presente, cual obsesión, en la mente de propios y ajenos. Poemas, novelas, ensayos y canciones exploran las aristas de la capital cubana hasta límites casi fantásticos. La ciudad como parte del Ser, la ciudad que hace sangrar las heridas y al unísono funciona como bálsamo. La ciudad vivida, la ciudad querida, la ciudad odiada, la ciudad extrañada. Sirva este pequeño relato fotográfico, acompañado de lo mejor de la literatura cubana, cual homenaje y testimonio de nuestra infinita gratitud.

Guillermo Cabrera Infante

(La Habana para un infante difunto)

Nos sentamos en el muro del Malecón. No podría decir cuántas veces me había sentado en el muro del Malecón desde esa luminosa tarde de verano de 1941 en que lo había descubierto, Colón de la ciudad, y me había encantado para siempre, los hados convirtiendo a La Habana en un hada. Me senté entonces en el muro con mi madre y mi hermano, ella mostrándome a Maceo en su parque, mientras mi padre y Eloy Santos hablaban posiblemente de política. Me senté en el muro con mi tío el Niño en las tardes transparentes, dulces, sin nubes del otoño de 1941. Después fue con compañeros del bachillerato, esta vez sentados en los parques frente al Malecón, a mirar pasar las muchas muchachas rumbo al anfiteatro o de regreso al Prado. Volví al muro con colegas literarios de la revista Nueva Generación (…) Estas veces adoptábamos la costumbre de los habaneros de sentarnos de espaldas al mar, mirando pasar los carros, hábito que me asombró tanto la primera vez que lo noté pues para mí, a pesar de la fascinación que ejercían en mí los automóviles corriendo, que eran la velocidad, el espectáculo estaba del otro lado de la barrera, era el mar, la costa escasa, de arrecifes, la marea fluyente y un poco más lejos, apenas un kilómetro mar afuera, la corriente del Golfo, la masa morada, casi sólida pero fluida que se desplazaba incontenible de sur a norte pero que parecía moverse de oeste a este, contraria al sol, un río dentro del mar…

Alejo Carpentier

(La ciudad de las columnas)

Así, en muchos viejos palacios habaneros, en algunas ricas mansiones que aún han conservado su traza original, la columna es elemento de decoración interior, lujo y adorno, antes de los días del siglo XIX, en que la columna se arrojará a la calle y creará –aún en días de decadencia arquitectónica evidente–una de las más singulares constantes del estilo habanero: la increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía; columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades. No hace falta recordar aquí que, en La Habana, podría un transeúnte salir del ámbito de las fortalezas del puerto, y andar hasta las afueras de la ciudad, atravesando todo el centro de la población, recorriendo las antiguas calzadas de Monte o de la reina, tramontando las caladas del cerro o de Jesús del Monte, siguiendo una misma y siempre renovada columnata, en la que todos los estilos de la columna aparecen representados, conjugados o mestizados hasta el infinito.

 

 

 

Dulce María Loynaz

(Al Almendares)

Este río de nombre musical

llega a mi corazón por un camino

de arterias tibias y temblor de diástoles…

Él no tiene horizontes de Amazonas

Ni misterio de Nilos, pero acaso

ninguno le mejore el cielo limpio

ni la figura de su pie y su talle.

Suelto en la tierra azul… Con las estrellas

pastando en los potreros de la Noche…

¡Qué verde luz de los cocuyos hiende

y qué ondular de los cañaverales!

(…)

Yo no diré qué mano me lo arranca,

ni de qué piedra de mi pecho nace:

Yo no diré que sea el más hermoso…

¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!