A las puertas del mes de junio y sin nada mejor que hacer que mirarme el ombligo y revisar mi correo repleto de invitaciones y anuncios publicitarios, decido que ya está bien de marcarme fechas en un calendario ideal y postergar hasta el infinito la más elemental de mis acciones. Instalados en esta especie de Primavera alérgica, adolescente, indecisa -hoy quizá llueva, pero no te lo aseguro, lo mismo te fulmino con el sol de agosto que te hielas en madrugadas de febrero-, reflexiono sobre la cualidad ambigua de un mes que anuncia vacaciones de verano y vida urbana sin límites, pero al unísono nos mantiene anclados a la rutina del trabajo y las obligaciones varias con la promesa de un futuro, al parecer inmediato, de sosiego y sol(az). Junio pasa así desapercibido, entre el hastío inmediato, el proceso de adaptación a la cambiante meteorología y las crecientes expectativas del summer time. Así que me he propuesto rescatar este mes tan denostado (por mí, fundamentalmente), y bucear entre invitaciones y agendas de eventos con el objetivo primordial de entrar por la puerta grande, a ver si consigo que el impulso de un fin de semana iniciático resulte suficiente para reconciliarme con el calendario.

 

Por lo pronto, este primer fin de semana nos vamos de mercado. No es casualidad que la mayoría de los mercados y mercadillos que se celebran en Madrid (y créanme, hay mucha vida después del Rastro), tengan lugar el primer fin de semana de cada mes. Con el sueldo íntegro aun en los bolsillos, los comerciantes nos ponen la zanahoria ante los ojos y esperan, con buen criterio, que caigamos en la trampa. Las tentaciones son múltiples y seguramente algunos de nosotros acabaremos picando, pero la satisfacción que reporta el perder la noción del tiempo y el espacio ante la magnitud de estímulos de todo tipo -visuales, olfativos, táctiles-, puede sustituir con creces la estrechez de nuestros bolsillos. Comprar es una de esas actividades a las que podemos dedicarnos en un evento de este tipo, pero no es la única, y para algunos (no me refiero a los comerciantes, por supuesto), ni siquiera es la principal.

 

Y aunque la oferta para este fin de semana es extensa, hemos preferido centrar nuestros esfuerzos en dos de estos nuevos mercados, ambos ubicados en el barrio madrileño de las Letras. El Mercado de la Buena Vida celebra ya su quinta edición en su sede del Hub Madrid, en el número 26 de la calle Gobernador. Se trata de un mercado que promociona una “alimentación ecológica, artesana y de proximidad”, o lo que es lo mismo, en sus puestos podremos encontrar frutas y verduras de cultivo ecológico, así como productos que rescatan las técnicas tradicionales de elaboración de alimentos (quesos, embutidos, aceite, vino, cervezas) y que han sido desarrollados por agricultores o artesanos de la región o regiones limítrofes. De esta manera, el mercado no sólo se implica en el debate abierto sobre lo que comemos y de qué forma lo hacemos, sino que también contribuye a la visibilidad de una industria local de emprendedores rurales que está cobrando auge tras el desplome de las posibilidades laborales en las grandes ciudades. No hace mucho un grupo de amigos nos reuníamos en un bar (¡cómo no!) y debatíamos sobre el fenómeno, muy habitual ya en los grandes espacios museísticos, de lo que terminamos denominando como la “exposición con complementos”. Una exposición de arte que se precie no puede dejar de incluir, como venimos notando desde hace ya algún tiempo, todo un programa de actividades complementarias como visitas guiadas, talleres para niños y jóvenes, conferencias, encuentros (en la primera, segunda o tercera fase)…En fin, toda una agenda de eventos relacionados que mantienen muy ocupados a los departamentos de educación y divulgación de los museos. El nuevo modelo de mercado se inserta también en esta tendencia y asume con intensidad la premisa de que mientras más tiempo permanezcas en el espacio comercial, más posibilidades habrá de que termines comprando. Y puede que tengan razón. Estoy razonablemente segura de que no saldré del Mercado de la Buena Vida con el carro de la compra repleto de mis comidas y cenas para la siguiente semana. Vivir en el extrarradio e intentar aprovechar a tope mi visita de los sábados al centro de la ciudad son dos poderosas razones. Al no tener niños entre mis familiares más directos (aún), tampoco estaré muy interesada en el taller PIPA que ofrece el mercado para los más pequeños de la casa. Y como soy una inútil manual, y una vaga redomada, los talleres para aprender a hacer pan o bombones en familia tampoco llaman mi atención en demasía, aunque conozco a alguno que se verá intensamente tentado. Sin embargo, ese otro YO hedonista que habita en mí, que no se reprime ante los placeres del paladar y la buena música, tiene clarísimo que no abandonará la Buena Vida (nunca, jamás de los jamases), sin dar rienda suelta a mis más viscerales instintos. El vermut artesanal de Casa de Pías, la cerveza artesanal toledana Domus (en cualquiera de sus tres variantes: la Domus Aurea, la Summa y la Regia), los vinos de la bodega manchega La Tercia, los quesos de la granja Cantagrullas y los de la Cabezuela o los panes de la Pistola (panadería afincada en el mercado de San Fernando en el cercano barrio de Lavapiés), conforman el aperitivo ideal para una tarde de sábado que promete. Por si fuera poco, y si después de callejear por el barrio y dejaros las suelas de los zapatos y los bolsillos en cualquiera de sus esquinas os quedan fuerzas, siempre podéis volver a la Buena Vida para la sesión que el DJ Adrian Foulkes propone para cerrar la tarde-noche.

Cartel_MercadoBuenaVida

 

Tras el aperitivo, muchos de vosotros correréis como locos a ocupar posiciones en alguna de las múltiples terrazas del barrio. Y aunque ese fuera mi plan inicial, pronto la idea de un brunch tardío en la Buena Vida va escalando puestos en mi particular ranking de necesidades perentorias. Aunque en próximas entradas intentaré extenderme sobre el concepto de brunch y su absoluta pertinencia en la vida urbana moderna, por ahora sólo apuntaré tres cualidades que en mi opinión lo convierten en un bien demasiado valioso para el urbanita empedernido: concentra dos comidas en una (con el consiguiente ahorro de tiempo y calorías), es flexible en cuanto a la composición de los alimentos (sea cual sea tu antojo vital más o menos lo verás satisfecho durante el brunch), y te permite beber alcohol a horas en que habitualmente la gente te juzga por ello. En fin, que está decidido: brunch y luego mercado de las Ranas.

 

Este último es un mercado que surge por iniciativa de la Asociación de Comerciantes del Barrio de las Letras. Los primeros sábados de cada mes los comercios se apropian de la calle y organizan diversas actividades: pequeñas obras de teatro, conciertos, talleres, además de las ofertas y liquidaciones propias de un evento de ese tipo. Y aunque el barrio se caracteriza por la diversidad de sus espacios comerciales, cuatro sectores llaman poderosamente mi atención: el de antigüedades, las tiendas de decoración, las galerías de arte y las librerías. No es que precisamente sea este un barrio barato, así que tengo curiosidad por calibrar que tan competitiva puede resultar esta iniciativa en un contexto económico tan deprimido. Pero por supuesto mi curiosidad va más allá de la mera especulación sobre mis verdaderas posibilidades de compra. En el fondo (y en la forma), el mercado constituye un excelente pretexto para llevar a buen término todos estos propósitos que nunca nos cansamos de proclamar, y que al final, por las razones que sean, jamás llevamos a cabo. Así que esta vez no pienso eludir la calle Alameda, y me dejaré sorprender por las propuestas de las galerías Blanca Soto, Raquel Ponce, La Fábrica o la galería Esquina Arte Contemporáneo. Será el momento también para conocer de primera mano algunos de los espacios comerciales más novedosos del barrio. Imprescindibles, en la calle León, La Integral y Ad Hoc. Ocupando el espacio que originalmente albergaba una panadería, La Integral es el típico espacio que busca la originalidad como estandarte en el contexto de esta aldea global donde al parecer todos debemos vestir, y “personalizar” nuestros espacios domésticos, según el criterio de un puñado de multinacionales que dejan para los bolsillos más potentes cualquier atisbo de buen gusto o marca “personal”. Por su parte, Ad Hoc es una tienda de moda que reivindica el concepto del “hazlo tú mismo”. Especializados en nuevos diseñadores, el reciclaje, y objetos substraídos al entramado industrial en una labor de re-utilización artesanal, es el sitio perfecto para adquirir complementos interesantes o, como mínimo, llevarnos a casa excelentes ideas sobre cómo hacer de nuestras vidas un “lugar” mucho más hermoso. Experimentar la vida diurna de la archiconocida (por todos los noctámbulos de esta y otras muchas ciudades) calle Huertas es otra experiencia que bien vale la pena. El café vintage El Mentidero, enclavado en esta mítica arteria madrileña, podría resultar el sitio perfecto para esa parada técnica tan necesaria para todo buen caminante.

Mapa_Mercado de las Ranas

 

Y si habéis llegado a este punto en el que puede parecer que dirijo vuestros pasos, aconsejo, recomiendo, o cualquier otro verbo similar… entonces olvidad todo lo que habéis leído hasta el momento, todo lo que conocéis o creéis conocer, y reflexionad sobre lo que, a mi juicio, es la verdadera esencia del urbanita: la posibilidad de perderse -sin rumbo fijo, con la espontaneidad como premisa fundamental- por la vida de este entramado que hemos creado entre todos y que llamamos ciudad. Un espacio que siempre nos sorprende cuando pensábamos que no quedaba ya nada por diseccionar. Un mapa cambiante de sitios que desaparecen, de nuevas iniciativas, de viejas reivindicaciones. Disfrutad del fin de semana!