De regreso de Valencia- a donde nos hemos desplazado siguiendo el rastro de los amigos, un par de buenas exposiciones y la curiosidad-, no puedo dejar de pensar en uno de los espacios más publicitados en los últimos tiempos. Me refiero a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Paseando entre los imponentes y futuristas edificios de Calatrava, y dejando de lado la polémica que persigue al arquitecto y el aspecto de abandono de algunas de las edificaciones, en lo único en que podía pensar era en lo poco justificado del título de “ciudad” para definir a “aquello”. El gran espacio situado sobre el viejo cauce del río Turia se presenta a los ojos del visitante como una deshabitada explanada con algunos de los edificios cerrados al acceso público (puesto que no contienen absolutamente nada) y otros cuyo contenido o tarifas resultan, como mínimo, cuestionables. El Palacio de las Ciencias, por ejemplo, supuestamente debía contribuir a la difusión de la tecnología más puntera de la comunidad valenciana y a la vez promover la interactividad y la educación científica. Pues bien, como diría un amigo bastante crítico con el proyecto, resulta que el Museo de las Ciencias se quedó en la tecnología puntera del Window XP. Obviamente se trata de una exageración no exenta de ironía, pero refleja de alguna forma el sentir de una parte de la ciudadanía y de la comunidad científica y académica, que al parecer han tenido muy poco que ver en la gestación de los contenidos del museo. Después de los ocho euros que hay que abonar para acceder a la instalación (tengamos en cuenta que por sólo cuatro euros más podemos visitar una de las mayores pinacotecas del mundo), ni la tecnología que se exhibe es tan puntera, ni se percibe una coherencia expositiva o un claro programa lúdico-educativo.

Pero el caso del Palacio de las Artes es aún más chocante. En la página web de la institución nos informan que dicho edificio “está dedicado a la programación operística”. ¿Por qué se llama entonces Palacio de las Artes y no Palacio de la Ópera? Siendo el único edificio en todo el complejo dedicado a “las artes”, al menos nominalmente, la ópera parece ser la única manifestación artística reconocida por el gobierno de la comunidad valenciana. ¿No sería acaso este el espacio idóneo para promover el arte contemporáneo valenciano, o a los jóvenes artistas de la comunidad, o para acercar a los habitantes de la ciudad la cultura en toda su diversidad y formas creativas? ¿Es acaso la ópera una necesidad cultural imperiosa para los ciudadanos de esta comunidad? Teniendo en cuenta que la ópera suele ser un espectáculo fuera del alcance de la mayoría de los bolsillos -que conste que soy una apasionada de esta manifestación-, no tengo muy clara la respuesta a estas interrogantes. Sin embargo, Valencia cuenta con un Museo de Bellas Artes que en mi opinión es una de las joyas de la ciudad. El Palacio de “las Artes” podría haberse constituido como el complemento cultural perfecto a esta otra institución emblemática y, al unísono, dotar de un verdadero contenido artístico al rimbombante -pero falso en al menos una de sus partes-, nombre de Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Otro caso emblemático es el del edificio conocido como Ágora y definido por la web oficial como un “espacio multifuncional”. De más está decir que en el momento de esta visita el Ágora permanecía cerrado a cal y canto y totalmente vacío. Si sumamos los días durante los cuales esta edificación ha albergado algún tipo de evento (como el Valencia Open 500 de tenis), resulta que el Ágora no ha estado “ocupado” más de un mes al año. El resto del tiempo permanece impecablemente cerrado. Ni siquiera se les ha ocurrido que ya que han gastado tantísimo dinero en dicha “joya arquitectónica”, al menos el público visitante podría admirarla en todo su “esplendor interno”. El Oceanográfic parece ser el único espacio de esta mal llamada ciudad que evidencia algo de vida, al menos así puede atestiguarlo la razonablemente larga fila de personas que esperaban para adquirir su entrada. Los casi veintidós euros que cuesta la misma sumado a mi total desinterés por la observación de una naturaleza encerrada entre muros de cristal contribuyeron a que ni siquiera me planteara el acceso al lugar. Sin embargo, no sólo la presencia humana parece diferenciar a este espacio del resto de instalaciones del proyecto valenciano. Su misma ubicación al final del eje urbanístico del espacio -desconectada del resto de instalaciones por su acceso lateral- hace pensar en alguna especie de premonición de los arquitectos con respecto a su rentabilidad en comparación con las demás edificaciones.

La sensación que prevalece cuando visitas un espacio como este es la de un inmenso conjunto monumental de escultura al aire libre, un estupendo decorado destinado a las fotos de los turistas, una bonita postal que pretende promocionar unos “valores o contenidos” de ciudad absolutamente ausentes. El problema fundamental de este tipo de iniciativas -desgraciadamente muy frecuentes en el contexto del territorio español-, es que prevalece el concepto de arquitectura supuestamente vanguardista, avalada por arquitectos o firmas de renombre, sobre las necesidades reales de los habitantes de la ciudad y la programación coherente con dichas necesidades. El contubernio entre políticos y constructores es más que evidente en una iniciativa como esta, donde la visión cortoplacista demanda el enriquecimiento fulminante de unos pocos a costa del erario público, y lo que suceda con la vida posterior de ese espacio, su inserción en el contexto de la ciudad o su rentabilidad económica no constituyen ninguna prioridad. Una de las cosas que más me sorprendió durante la visita a las Ciudad de las Artes y las Ciencias valenciana fue el entorno de dicho espacio, sembrado de altos y modernos edificios de viviendas. Tras investigar superficialmente en internet, me entero que el valor urbanístico de la zona se ha disparado con la construcción de este espacio supuestamente lúdico-cultural. Esto explica muchas cosas, aunque para nada las justifica.

Del desastre económico que ha supuesto esta ciudad ficticia no hablaré en estas páginas. El mismo está suficientemente documentado en otros foros; al igual que la falacia de algunos de sus supuestos iniciales como la creación de empleo. Por sólo citar dos datos: el complejo valenciano deberá asumir este año unos gastos de 284,37 millones de euros con unos ingresos de 38,66 millones; por otro lado, en el verano de 2012 se realizó un ajuste de la plantilla del complejo que supuso el despido de 141 trabajadores, cerca de un 40% de la plantilla. Una ciudad no puede ser el coto de caza privado de algunos políticos cutres y cortos de mira, ni de los voraces constructores que mueven los hilos de la política local, ni de unos cuantos banqueros. La ciudad es el espacio que habitamos los ciudadanos, no una bonita postal para el turismo de paso. Los ciudadanos tenemos que constituirnos en parte esencial de la gestión de nuestra ciudades. Más que una exigencia, es una necesidad vital para la sostenibilidad de nuestros espacios urbanos.